domingo, julio 03, 2011

Vaivén


14 de septiembre de 1990, 08.45 AM

Regreso a casa envuelto en sudor, solo, sin dinero, con la cabeza zumbando como si tuviera dentro un enjambre con diez millones de abejas. He salido de Carrusel a las 8 de la mañana a pesar de que estaba en su momento de máximo apogeo y el público era de lo más variopinto: niñas bien, niños bien, dj’s, putas, camellos, relaciones públicas de discoteca, trabajadores de notaría, becarios en prácticas, Jorge, el periodista, un tipo de Murcia que va repartiendo coca gratis para hacerse amigo de todo el mundo y al que todos llamamos El Murciano, una madre y su hija alemanas (la primera es conocida como la madre de Dios porque debe de ser más vieja que el Creador), Harpo, el fotógrafo, las Marranas (un grupo de tres chicas que se hacen 80 kilómetros cada fin de semana para beber gratis a costa de gente como Gaby y Luis a cambio de una mamada en el aseo), Pepe, el policía, José, el croupier, un tipo homosexual que ofrece el mismo trueque que las Marranas, Gaby y Luis, la chica de las ladillas, sentada en un rincón con otro ciego del nueve, Sara, sus modelos y el resto de protagonistas de una película de George A. Romero…. Para completar el cuadro no falta más que hacer un exorcismo y que maten a alguien, benditos sean todos.

El portero me saluda entusiasta. Debe de creer que vengo de comprar el pan porque intenta iniciar una conversación estándar. Me cuenta que ha tenido una noche movida y que ha subido varias veces a la decimoséptima planta a poner orden en una fiesta de ingleses. No le creo. Es pequeño, feo y menudo, y de haber intentado poner orden en una salvaje bacanal de británicos le habrían arrojado balcón abajo. No le creo, además, porque huele a colonia a granel. Yo aún conservo el aroma a Antaeus. Cuando consigo deshacerme de él, enfilo el ascensor y pongo rumbo a la planta 21, mi hogar, a cien metros sobre el mar azul de Sonora.

La casa está hecha un desastre. El fregadero acumula vasos, platos y cubiertos sucios desde hace más de una semana. Me pregunto qué hará todavía sobre la encimera un bote a medio consumir de fabada Litoral. Cuando me dispongo a echarlo al cubo de la basura respondo a la pregunta anterior: en el cubo no cabe nada más e intento hacer memoria de la última vez que descendí 21 pisos para tirar los residuos.

Me ducho con un gel con propiedades de leche de L’Oréal y me doy cuenta de que sigo bastante borracho. Constato que una vez más he vuelto solo a casa y que hace más de una semana que no me acuesto con nadie, pero como he probado la coca estoy a mil. Busco una película porno en el armario de las películas porno. Me debato entre Hollywood hertbreakers, con Traci Lords, y La Madama, una joya en VHS que cuenta la historia de una acaudalada señora, por supuesto viuda, que se consuela entre las piernas de sus mayordomos para acabar descubriendo que, lo que en realidad quiere, es invertir su inmensa fortuna en montar un burdel donde ella sea la única puta, bendita sea.

La Madama es Nikki Dial y el mayordomo es Peter North. Paso rápidamente la cinta con el mando a distancia y me voy directamente a uno de esos momentos cumbre de la historia del cine, cuando Nikki acude por la mañana a la habitación de North hecha una furia porque el mayordomo no le ha llevado el desayuno al catre. Parece que North se ha quedado dormido y se deshace en disculpas, pero nada puede parar ya el calentón de la dueña de la casa, que se coloca a horcajadas sobre la cara de Peter y le ordena que le coma el coño y el culo. Me parto cuando el le dice no, no, no, señora, usted no puede, soy su mayordomo, y Nikki le agarra la polla y le espeta: “Quiero mi desayuno”, para acto seguido comenzar a frotar su coño peludo contra la cara de Peter North, ese portento del séptimo arte. Apenas pasan unos minutos y acabo corriéndome sobre una servilleta, satisfecho porque nadie ha visto que lo he hecho antes que Peter, que sigue protestando porque le han puesto un coño en la boca, angelito. Sin pasar de nuevo por la ducha, me abandono al sueño durante las ocho horas siguientes.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

lo del carrusel era la fuente de la vida habia de todo menos moral. un saludo al local y los que abundaban por alli

Pedro Solo dijo...

Fuente de la vida, jejeje, nunca lo habría definido así

Anónimo dijo...

Lo que escribes es la "cruda"realidad,y me resulta bastante"familiar"tu nuevo blog barriobajero... ENGANCHA!