
19 de octubre de 2004 (un mes antes)
La última vez que nos vimos me marché con un sentimiento descorazonador. En nuestra peculiar relación, había sido el periodo que más tiempo habíamos estado juntos. Cuatro días. Poca cosa, pero era lo que teníamos. Pese a ello, y tú lo sabes, ni le dimos valor ni lo disfrutamos. Tú tienes tu carácter; yo tengo el mío. Sin embargo, pensé, el carácter de cada uno se forja con los años y no tiene marcha atrás. Entiendo también que a ti pudiera molestarte que mientras yo hablaba contigo mirara hacia otro sitio. Lo siento, soy así, y también es imposible cambiarlo.Menudencias. Advertí por este par de asuntos menores y por otros que ahora no recuerdo, que nuestra relación, tarde o temprano, corría el riesgo de convertirse en un choque de trenes al que yo no quería llegar por nada del mundo. Lo pensé de camino a Sonora: “La quiero, joder, la quiero”. ¿Pero quién de los dos iba a tirar del freno? ¿Quién iba a impedir el choque?
Pero tú y yo sabemos lo que para nosotros significan los silencios, Valeria. El silencio es la duda. Siempre. Anoche no hablamos, ¿pasa algo?, decíamos. Y no hablábamos un día y se nos caía el mundo. A mí, al menos, me entraba la congoja cuando no sabía de ti. Y empezaste a enviarme mensajes que yo no respondía. Y empecé a enviarte mensajes que no tenían respuesta. El día 27 te pregunté: ¿Me cuentas que te pasa? Y tu respuesta fue: un día de estos. Y la congoja aumentaba porque notaba que se abría la distancia, que te me ibas.
Hasta que te me fuiste, Valeria. El día de tu cumpleaños esperé hasta las 12 porque quería ser el primero en felicitarte, creí que debía hacerlo, me hacía ilusión, no quería que nadie más tuviera ese privilegio. Y esa mañana hablamos, y te envié mensajes, y te pregunté qué tal el día y respondiste con un frío bien, como todos que me dejó congelado. Sin duda, me estabas pagando con la misma actitud que yo había tenido antes contigo.
El mismo día 2 te escribí intentando reconocer mi error (Y aunque a veces no esté a la altura) por mi comportamiento de los días anteriores:
Pedro Solo 02 de septiembre a las 11:46
Te quiero muchísimo. Te quiero todo. Y aunque a veces no esté a la altura, quiéreme un poco, anda. Feliz cumpleaños. Que pases un buen día. Me encantaría pasarlo contigo.
ps. Como tus amigos no te regalen la bici me van a oír.
Valeria Prada 02 de septiembre a las 16:11
No es cuestión de estar a la altura, cada uno hace lo que siente y otra vez muchas gracias.
p.d. me la darán el sábado
Créeme que el mensaje era sincero. Te quería muchísimo. Todo. El día 3 no tuve noticias tuyas. El tren de tu orgullo circulaba por la misma vía que el tren de mi soberbia. Y otro día. Y otro más. Y nadie llamó a nadie. Cuánto nos cuesta ceder y qué idiotas somos. Una semana después te escribí que lo conveniente sería que dejáramos de hacer el tonto, que nos íbamos a arrepentir toda la vida, pero tampoco obtuve respuesta. Creo que para entonces ya te había perdido. Te conozco lo suficiente para saber que herida en tu orgullo, en la idea (que comparto, créeme) de que el que había comenzado a tambalearse era yo, no ibas a responderme nunca. Y digo nunca. Jamás. Esto fue lo primero que pensé.
La segunda conclusión fue que habías vertido sobre mí el arma más poderosa con la que podías doblegarme: el desprecio. Lo vi claro. Valeria no perdona. Bien. Pasados un par de días sin respuesta entendí que lo mejor era cerrar la historia a la mayor brevedad antes de comenzar a sentirme y a hacer el ridículo o, peor aún, a darle vueltas a lo que podría haber sido y no fue. La idea de quedarme con cara de idiota y mirando el móvil esperando noticias tuyas me atormentaba. “Pedro, ya no te quiere, bórrala de tu vida, bórrala ahora mismo... por segunda vez”. Tuve la certeza (ya no sé si equivocada o no) de que tu mensaje era ese, “Pedro, vete”.
Y eso hice. Me fui. Creí que lo apropiado era sacarte de mi vida cuanto antes porque sabía que no iba a poder soportar la angustia de no tenerte. Y decidí hacerlo como la primera vez. O casi, Primero te envié un mensaje al que tú respondiste que era la historia de tu vida.
Y no, al menos no en todo. Era la historia de la mía. Hace años te escribí una postal con el principio de El Castillo. Esta vez elegí el final de El Proceso. Cambian los libros, cambian las historias, cambian los tiempos, pero no los personajes. K. volvía años más tarde. Tú que adoras el cine lo definirás como un melodrama. Yo soy melodramático para según qué cosas. Seguías siendo la chica de mi vida, seguía amándote. Y te amo, pero tenía la impresión de que tú a mí no. Ahora estoy seguro de que nunca lo sabré. Y esa será mi penitencia. Te envié un par de mensajes durante el último fin de semana y otro más ayer y tampoco respondiste. Entonces supe que se había acabado. Sé que se ha acabado. Te he llamado esta noche para explicarte todo esto. Ojalá te lo pueda explicar en persona y que no pasen los años sin saber de ti. Ojalá fueran 20 minutos.
Tengo la seguridad de que no responderás a esta carta. Esa es mi Valeria, altiva, orgullosa, a veces me gustaría que no lo fuera tanto, pero yo te quiero con tus defectos y con tus virtudes, que son muchísimas. Y creo que siempre te querré, estoy convencido. También sé que tú y yo hacemos tierra quemada con nuestras relaciones, pero sería otro error imperdonable no saber nunca más de nosotros y echar a perder lo que ha sido (y déjame que hable por los dos) algo maravilloso. Viniste a mí para que te enseñara el camino verdadero de la belleza y la vida, y acabé mostrándote el sendero del dolor y el sufrimiento. ¿A que entran ganas de gritar?, decíamos. Yo te espero, dijiste.
Yo también.
Pedro Solo
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada