lunes, julio 25, 2011

Introspección


20 de septiembre de 2004 (un mes -menos un día- antes)

Las drogas nunca me han gustado del todo. Me refiero a las drogas con carácter general. Por supuesto que durante los últimos 14 años he sido un completo adicto a la cocaína, un adicto de manual, pero siempre he aborrecido las drogas como divertimento, como escape, como válvula anticrisis. Las he probado todas, desde la heroína fumada al mda, pasando por el cristal, el éxtasis líquido, el speed, el hachís y la marihuana. En una ocasión me metí un chute de speed ball elaborado a partir de pasta de coca y heroína y casi no lo cuento. Acabé en el hospital con una taquicardia de 8 sobre 10 (donde ocho es el borde del precipicio y 10 es tu cuerpo reventado sobre las rocas del acantilado). Con la marihuana siempre he tenido malas experiencias. Lejos de divertirme y de destrozarme el pecho a reír por el comentario más estúpido, he sufrido serias alucinaciones de carácter paranoico. En una ocasión, después de una juerga en casa de un amigo de Sonora y tras varias horas de intensa fumada, me desperté de súbito pensando que habían entrado en la casa. Me encaminé hacia la cocina y agarré el cuchillo más grande que encontré, un cuchillo inmenso, de hoja larguísima, de esos japoneses de teletienda, con el que casi rebano el cuello a mi amigo pensando que era uno de los malos que venía a por nosotros.

¿Qué haces?, me preguntó aún en estado de duermevela.

Vengo a matarte, le dije empuñando el arma.

Creo que se asustó más por verme desnudo que por portar aquel cuchillo japonés. Ni qué decir tiene que en la casa no estábamos más que él, yo y la chica de turno que yacía en el lado izquierdo de mi cama. Ella nunca lo supo, pero puede agradecer estar viva.

Decía que las drogas nunca me han gustado como mero divertimento, sino más bien como experimento con vistas a algo, al sexo, al estudio, a la creación, y por lo común he sentido siempre un enorme desprecio por quienes la utilizan para complementar una vida de ocio y frivolidad. Estas cosas sólo he sido capaz de confesárselas a mi hermana Sara. Sara tiene dos años más que yo. Es mi única hermana y nos contamos todo. O nos lo contábamos, porque no la veo desde antes de embarcarme en Hamburgo hace dos años. Seguimos en contacto vía e mail, pero los mensajes son cada vez más esporádicos y su ausencia de noticias la sufro en silencio. Sabe todo acerca de mí. Sabe lo de Valeria y conoce al dedillo la historia de mi vida. Sara es la única amiga de verdad que he tenido. Habría sido la mujer de mis días de no ser por los lazos de sangre que irremediablemente nos unen desde el día en que vine al mundo y me convertí en su hermano. De pequeños jugábamos, nos insultábamos y nos tirábamos del pelo hasta odiarnos a muerte, pero nuestros enfados apenas duraban lo que tardábamos en entender que sólo nos teníamos el uno al otro, que nuestros padres, que incomprensiblemente habían decidido continuar juntos a pesar de no soportarse, no eran más que las dos figuras domésticas que apañaban nuestro sustento y nos permitían tener un lugar donde cobijarnos hasta que pudiéramos vivir por nosotros mismos.

Con apenas 15 años yo y 17 ella, llegamos a planear una vida en común desde el momento en que uno de los dos pudiera mantener al otro. Éramos hermanos, sí, pero la confianza y la complicidad entre ambos era tal que no sólo no podíamos pasar el uno sin el otro, sino que, sin llegar a decírnoslo nunca, sabíamos que ninguna otra persona podría entrometerse jamás en el amor que Sara y yo nos profesábamos, que nadie nos querría a ninguno de los dos como ella y yo nos amábamos.

Fue por esa época, durante un campamento de verano al que nos habían apuntado nuestros padres para quitarnos de en medio y poder gritarse a gusto, cuando ocurrió lo inevitable. A mi me aterrorizaban aquellas vacaciones tanto como a Sara parecían apasionarle. En los días previos a nuestra marcha había sufrido terribles pesadillas donde se me aparecía una especie de hombre lobo destrozando mi cuello a dentelladas en mitad del campamento. Rezaba por que no llegara la noche y la oscuridad nos dejara al amparo de bestias y alimañas. Pero el sol se escondía de forma inevitable y mis temores se convertían en súbitos ataques de pánico que me llevaban a pasar la madrugada en vilo linterna en mano. Sara y yo compartíamos la tienda de campaña con una chica de la edad de mi hermana, Olivia, una pelirroja pecosa y desvergonzada que sólo pensaba en cómo convencernos para que mi hermana y yo durmiéramos a la intemperie a fin de que ella pudiera meter en la tienda a alguno de los monitores, con los que fornicaba en secreto al abrigo de los matorrales y las encinas.

Así no puedo dormir, se quejó Olivia apuntando a mi linterna.

Apágala, Pedro, me ordenó Sara dulcemente.

Así lo hice. De forma automática, mi cuerpo comenzó a agitarse entre estertores de pánico y una fabulosa imaginación que sólo pensaba en hienas y hambrientos perros salvajes en el exterior de la tienda. Sin un mínimo de control sobre mis miedos, abandoné el saco como pude y me introduje en el de mi hermana, donde sabía que nada podía pasarme, donde me encontraba seguro y a salvo de las bestias que como perros venidos del infierno invadían mi poderosa imaginación. Enseguida noté cómo Sara me atraía hacia sí.

Ven, me dijo con todo el amor del mundo abandonado en un hilo de voz suave y sincera. Tranquilo, Pedro, añadió: Estás conmigo.

El calor y los brazos de mi hermana, que rodeaban mi cuerpo como un halo protector, lograron tranquilizarme. Nos encontrábamos frente a frente y merced a la luz de la luna atisbábamos los ojos del otro, pequeños, brillantes, hermosos. Apenas nos miramos un par de segundos. Cuando la lengua de Sara se abrió paso en mi boca mi cuerpo se retorció y los músculos se tensaron. Yo carecía de experiencias con chicas más allá de inocentes besos en los labios producto de juegos infantiles, pero aquello era otra cosa. A pesar de que fui consciente de que estábamos haciendo mal, de que aquello se trataba de un acto prohibido entre hermanos de cuya trascendencia podíamos arrepentirnos toda la vida, no puse objeciones y moví mi lengua al compás de la suya, le di mi saliva y saboreé con gusto el intercambio de líquidos que ella me ofrecía. Nos abandonamos en silencio al fragor de aquel contacto sin importarnos nada, ni la posibilidad de que nuestra compañera de tienda despertase y fuera testigo de aquel escándalo incestuoso, ni las alimañas y hombres lobo que minutos antes brotaban en mi imaginación como pequeños diablos a punto de destrozarme el vientre a mordiscos. Enseguida noté una fuerte erección debajo del calzoncillo que Sara apaciguó acariciando mi miembro de arriba a abajo, tan dulcemente que no he vuelto a recordar ninguna situación semejante. Mientras nuestras lenguas seguían entrechocándose de un modo voraz, mis manos pulsaban sus pechos y buscaban sus pezones, que iban creciendo a medida que yo los pellizcaba y los humedecía con la saliva que ella misma depositaba en mis dedos. En mitad de aquel éxtasis fraternal, Sara me tomó la mano y la dirigió a su sexo, húmedo, caliente, hinchado, coronado de un pubis velludo que a mí me pareció el Nirvana. Noté cómo se derramaban sus jugos conforme le acariciaba el interior. Sara reprimía sus gemidos con pequeños grititos cerca de mi oído, lo que acabó por aumentar mi erección y elevar mi grado de excitación hasta extremos que a día de hoy no he alcanzado todavía. Descubrí que había llegado al orgasmo cuando ella misma me extrajo los dedos de su vagina. Todavía me estaba limpiando la mano en el saco cuando le oí susurrar:

Ahora te toca a ti

Perdí sus ojos de vista, su boca, su pelo, su pecho, sus manos, cuando advertí la humedad de su lengua alrededor de mi pene, que recorrió de arriba a abajo dejando un reguero de saliva que aumentaba la lubricación. A los pocos segundos me derramé en su boca en un torrente de placer único e indescriptible. Continuó haciéndolo hasta que le pedí por favor que parara. Cuando al fin se detuvo, la luz de la luna me devolvió su mirada, dos ojos de niña que acababan de convertirme en un hombre y me habían despojado de todos mis miedos. Fue la única vez que lo hicimos y nunca más volvimos a hablar de ello. Jamás existió. Pasaron los años y aquel episodio acabó por desintegrarse en algún recóndito rincón de mi cerebro. Sólo una vez más apareció para quedarse de nuevo. Fue la noche de otoño en que probé por primera vez la heroína.

Pero a mí las drogas nunca me han gustado del todo.




5 comentarios:

Anónimo dijo...

Curioso desyuno: tu "Barriobajero" con nesquick. Si la mañana empieza así, esperemos a lo que nos trae la noche.

Stuart Gronden dijo...

This has to be read in the morning, definitely. Fantastic piece of humidity, my dearest friend.
Thanks for sharing it.
Stu.

Anónimo dijo...

Extasis fraternal!!

Virginia Mendoza dijo...

Te están esperando

Pedro Solo dijo...

Virginia, en cuanto solucione un par de cosillas este mes, la espera habrá acabado